Sacudiéndonos la horrible imagen que los hermanos Mario dejaron de la noble profesión, evoquemos la genial Hechizo de luna, donde Vincent Gardenia personifica a Cosmo Castorini, un plomero exitoso de Nueva York. Su presupuesto exorbitante se justifica en un párrafo inolvidable:
“Miren, hay tres clases de caños. Están los que ustedes tienen, que son basura, y ya ven dónde los han llevado. Después están los de bronce, que son muy buenos, salvo que algo salga mal. Y algo siempre sale mal. Finalmente están los de cobre, que son los únicos que yo uso. Cuestan dinero. Pero cuestan dinero porque ahorran dinero”.
Pensemos un poco, no en los caños, sino en los expertos en ellos. La diversidad es increíble, estarán de acuerdo. Pienso, por ejemplo, en el arqueólogo, que quiere saber todo: el año de cada cosa, todas las refacciones desde el Virreinato. Es un curioso nato. Lo verdaderamente curioso es que siga teniendo trabajo. Una variante es el plomero místico. Llega para ver una gotita, se pone de rodillas y declara que nunca vio nada semejante. La ignorancia cambia de propietario: ya no es el plomero quien desconoce la instalación; es la instalación la que se niega a ser conocida.
Uno peligroso: el plomero “uy, uy, uy”. La exclamación no expresa sorpresa; indica que acaba de comprender que su propia intervención está produciendo algo difícil de controlar. Conviene retirar a los niños, levantar los aparatos eléctricos y localizar la llave general. Su saber es profético, aunque de corto alcance: sabe lo que va a pasar porque ya empezó a causar. No evita la inundación, pero refuerza los vínculos familiares y ayuda a ser más agradecidos con la vida.
El plomero de la familia es el que nos conoce a todos. Nos emociona con expresiones como “Pensar que esta canilla la puse antes de que nazca la Martita, de grande que está”. Pariente conceptual es (o era) el plomero pretérito. Uno encuentra el número, le agrega un 2 y un 4 y recibe el terrible llanto de la viuda. Suele ocurrir, eso sí, que ahora trabaja el hijo. Sólo que el hijo no es plomero: es un hombre de repuestos. Si pierde una canilla, conviene reemplazar la grifería, y así hasta el exilio.
Frente a este neófito creo que podemos ubicar al plomero eternauta. Uno lo dirige al baño y le muestra el vetusto inodoro que quiere erradicar: depósito elevado, plano y con caída, pero se niega rotundamente. Sus ojos se humedecen ante esa maravilla y es capaz de encerrarse en el baño para protegerlo. Finalmente (la lista es en realidad infinita) está el manipulador, variante del nostálgico, para quien las víctimas son los caños y no nosotros. “¿Cómo pudieron hacer eso con la bacha, pedazo de insensibles?” Más o menos así, la visita termina con la palabra decadencia y un portazo.
Así es: conservadores, repuestistas, místicos, culposos, culpables, sensibleros, familieros. Ya no estamos hablando sólo de plomeros. Tampoco Cosmo, el de la película, se refería solamente a los caños.